Parte 1
— No me suelte la mano. Durante las próximas tres horas… usted será mi esposo.
La joven se sentó junto a Miguel Aranda como si intentara escapar de una situación difícil. Llevaba un abrigo verde oscuro, el cabello negro recogido apresuradamente y una serenidad que parecía casi irreal. Solo el ligero temblor de sus dedos delataba su preocupación.
El tren acababa de salir de la estación de Chihuahua con destino a Creel. A través de las ventanas, los paisajes de la Sierra Tarahumara desfilaban bajo un cielo gris que envolvía aquella tarde en una atmósfera tranquila.
Miguel, de treinta y cuatro años, era paramédico. Cada año tomaba esa misma ruta para rendir homenaje a su padre, Don Ernesto Aranda, quien había trabajado como maquinista durante treinta años.
Siempre repetía la misma frase:
— Mientras haya una persona viajando en mi tren, haré todo lo posible para que llegue a su destino sana y salva.
Miguel llevaba el anillo de bodas de su padre en la mano derecha. No era una costumbre, sino una forma de mantener vivo su recuerdo. Desde su muerte, su vida había cambiado por completo. Su matrimonio había terminado y su trabajo se había convertido en el centro de su existencia.
La joven le apretó suavemente la mano.
— Por favor… ya viene.
Miguel levantó la vista.
Tres filas más adelante, un hombre elegante avanzaba por el vagón. Su traje era impecable y su sonrisa cuidadosamente controlada. Parecía estar buscando a alguien.
Cuando vio a la joven, se acercó.
Miguel comprendió al instante que ella necesitaba ayuda.
Sin pensarlo dos veces, entrelazó sus dedos con los de ella y dijo con naturalidad:
— Aquí estás, mi amor. Te guardé un asiento.
La joven lo miró sorprendida antes de comprender sus intenciones.
El hombre llegó hasta ellos.
— Isabela… Qué sorpresa. ¿Tú también vas a la boda?
Ella respiró hondo.
— Sí, Adrián. Voy a la boda de mi hermana.
La mirada de Adrián se posó sobre sus manos entrelazadas.
— ¿Y él?
Miguel retiró discretamente el anillo de su padre y lo deslizó en la mano de Isabela.
Ella comprendió de inmediato.
Se colocó el anillo en el dedo y respondió con calma:
— Es mi esposo.

Adrián guardó silencio unos segundos.
— No sabía que te habías casado.
— Han cambiado muchas cosas desde la última vez que nos vimos.
Después de intercambiar unas palabras de cortesía, Adrián regresó a su asiento.
Cuando estuvo lo bastante lejos, Isabela dejó escapar un profundo suspiro.
— Perdón por haberlo involucrado en todo esto. Lo vi subir al tren y actué sin pensar. En cuanto lleguemos, le devolveré su anillo.
Miguel vio el reflejo de Adrián en la ventana.
Seguía observándolos discretamente.
— No se preocupe. Ya que voy a interpretar el papel de su esposo durante tres horas, cuénteme qué está pasando.
Isabela sonrió levemente.
Se llamaba Isabela Ríos. Tenía treinta años y era profesora de violín en una escuela de Chihuahua.
Había estado comprometida con Adrián durante dos años. Todo estaba listo para la boda cuando descubrió que él mantenía una relación con otra mujer.
Entonces decidió romper el compromiso.
Pero, con el tiempo, comenzaron a circular distintas versiones de lo ocurrido.
— No quiero acusar a nadie, dijo mientras observaba el anillo. Hoy voy a la boda de mi hermana menor, Valeria, que se casa con un miembro de la familia de Adrián. Si intento explicarlo todo ahora, el día más importante para ella podría convertirse en un conflicto.
Miguel permaneció en silencio.
— Valeria no tiene la culpa de nada. Desde que era niña siempre intenté protegerla. Solo deseo que pueda vivir este día en paz.
Lanzó una rápida mirada hacia el pasillo.
Adrián seguía observándolos desde lejos.
— Así que voy a sonreír, saludar a todos y procurar que la atención permanezca donde debe estar: en los novios.
Miguel recordó las palabras de su padre.
— Mi padre siempre decía que nadie debía bajar de su tren sintiéndose peor de lo que se sentía al subir.
Isabela lo miró con curiosidad.
— ¿Y usted?
Miguel sonrió con dulzura.
— Todavía estoy aprendiendo esa lección.
(Continuará con la Parte 2.)