—Déjenlo cerrado. Ya nos despedimos de ella. Solo quiero que todo esto termine cuanto antes.
Reconocí aquella voz al instante.
Era la de mi marido.
No podía abrir los ojos. Tampoco podía hablar ni levantar los brazos. Mi cuerpo se negaba a obedecerme, pero podía oír perfectamente.
Y aquellas pocas palabras fueron suficientes para hacerme comprender algo aterrador:
Yo estaba viva.
Y el hombre que había prometido protegerme parecía decidido a impedir que alguien lo descubriera.
Me llamo Samantha, tengo treinta y seis años y llevaba casi nueve casada con Christopher.
Nuestro matrimonio nunca había sido perfecto. Habíamos discutido, atravesado momentos difíciles y tenido nuestras diferencias, como cualquier pareja. Pero había algo de lo que siempre había estado segura: creía conocer al hombre con quien compartía mi vida.
Aquella mañana descubrí lo equivocada que estaba.
Cuando recuperé lentamente la conciencia, lo primero que percibí fue la oscuridad.
No había ni un rastro de luz.
Mi espalda descansaba sobre una superficie rígida y el espacio a mi alrededor era tan estrecho que podía sentir las paredes casi pegadas a mi cuerpo. En el aire flotaba un intenso aroma a flores.
Intenté mover una mano.
Nada.
Quise pedir ayuda, pero de mi garganta apenas salió sonido alguno.
Durante unos segundos traté de convencerme de que estaba soñando.
Entonces el lugar donde me encontraba comenzó a balancearse suavemente.
Alguien me estaba transportando.
Y fue entonces cuando comprendí la verdad.
Estaba encerrada dentro de un ataúd.
Intenté ordenar mis recuerdos.
La noche anterior había estado en casa con Christopher. Pamela, una mujer a la que conocíamos desde hacía años y en quien yo confiaba, había venido para entregarnos unos documentos.
Habíamos hablado tranquilamente durante un rato.
Después, sin ninguna explicación, comencé a sentirme terriblemente débil.
Recordaba a Christopher sujetándome y ayudándome a llegar hasta el sofá.
—No hagas ningún esfuerzo —me había susurrado—. Descansa. Mañana te sentirás mejor.
Después de aquello…
Nada.
Hasta despertar en aquella oscuridad.
Poco después escuché pasos sobre mí.
Luego llegaron dos voces.

Christopher.
Y Pamela.
Por un instante sentí un alivio inmenso.
Pensé que pedirían abrir el ataúd. Alguien se daría cuenta de que todavía respiraba y aquella pesadilla terminaría.
Pero entonces Pamela dijo algo que destruyó toda mi esperanza.
—Cuando esto termine, por fin podremos dejar de fingir.
Christopher respondió en voz baja.
Después comenzaron a hablar de la herencia que mi padre me había dejado.
De repente, muchos detalles extraños de los últimos meses comenzaron a encajar.
Mi padre había muerto dos años antes. Me había dejado varios bienes, además de una propiedad registrada únicamente a mi nombre.
Christopher siempre me había asegurado que mi dinero no le importaba.
Pero ahora, junto a mi propia tumba, lo escuchaba hablar de mi patrimonio como si yo ya perteneciera al pasado.
Como si estuviera preparando una vida nueva en la que yo simplemente había dejado de existir.
Todavía no sabía exactamente qué me había ocurrido.
Pero algo estaba quedando dolorosamente claro:
Christopher no quería que nadie volviera a abrir aquel ataúd.
De pronto, una tercera voz interrumpió la conversación.
Era la de un hombre mayor que trabajaba en el cementerio.
—¿No vendrá nadie más?
—No —respondió Christopher.
El hombre guardó silencio unos segundos antes de preguntar:
—¿Está seguro de que no quiere verla una última vez antes de que empecemos?
Desde el interior del ataúd supliqué en silencio.
Ábralo.
Míreme.
Sigo aquí.
Pero Christopher se negó.
Dijo que no quería prolongar aquel momento doloroso y que prefería terminar todo cuanto antes.
Poco después escuché cómo sus pasos se alejaban.
No había una gran ceremonia.
No había familiares ni amigos reunidos alrededor de mi tumba.
Todo parecía haberse organizado con una rapidez inquietante.
El pánico comenzó a apoderarse de mí, pero sabía que debía conservar la poca energía que todavía me quedaba.
Entonces escuché otro sonido.
Un perro.
El animal olfateaba alrededor del ataúd mientras emitía pequeños gemidos nerviosos.
—Barnaby, ven aquí —ordenó el anciano.
Pero el perro se negaba a marcharse.
De pronto, el ataúd se movió.
Me estaban bajando.
Sentí cómo descendía lentamente hasta que un pequeño golpe me indicó que habíamos llegado al fondo.
Unos segundos después, algo cayó sobre la tapa.
Tierra.
Primero fue una pequeña cantidad.
Después cayó más.
Cada golpe sobre la madera hacía más difícil controlar el terror.
Pensé en mis padres, que ya no estaban conmigo.
Pensé en mis amigos, que quizá ni siquiera habían tenido tiempo de comprender lo sucedido.
Y, sobre todo, pensé en aquella conversación entre Christopher y Pamela.
Fuera cual fuera la verdad, tenía que salir de allí.
De pronto, Barnaby comenzó a ladrar desesperadamente.
El anciano intentó llamarlo, pero el perro seguía regresando hasta mi tumba.
Entonces escuché sus patas arañando la tierra sobre mí.
Y justo en aquel momento sentí algo.
Mi mano.
Una pequeña sensación regresó a mis dedos.
Con enorme esfuerzo conseguí doblar uno.
Esperé unos segundos.
Volví a intentarlo.
Esta vez pude mover ligeramente la mano.
Reuní toda la fuerza que me quedaba y golpeé suavemente la madera.
Una vez.
Los ladridos se detuvieron.
—Espera…
La voz del anciano había cambiado.
Reuní fuerzas y golpeé una segunda vez.
Esta vez un poco más fuerte.
El silencio que siguió me pareció eterno.
Entonces escuché al hombre gritar:
—¡Zachary! ¡Vuelve inmediatamente! ¡Tenemos que sacar ese ataúd!
Se produjo un enorme revuelo sobre mí.
Comenzaron a retirar la tierra.
Por primera vez desde que había despertado, sentí algo diferente al miedo.
Esperanza.
Todavía no sabía por qué me habían declarado muerta.
Tampoco sabía exactamente qué papel habían desempeñado Christopher y Pamela en todo aquello.
Pero había escuchado su conversación.
Y no había olvidado una sola palabra.
Si conseguía salir de aquel ataúd, no iba a enfrentarme a ellos sola.
Se lo contaría todo a las autoridades.
Y exigiría descubrir qué me habían hecho.
Poco después escuché herramientas trabajando alrededor de la tapa.
Entonces apareció algo que pensé que jamás volvería a ver.
Una delgada línea de luz atravesó la oscuridad.
Alguien abrió el ataúd.
Y escuché un grito:
—¡Está viva!
Quise responder.
No tenía fuerzas.
Pero estaba viva.
Christopher, sin embargo, ya se había marchado.
Todavía no sabía que el funeral que tanto había insistido en terminar rápidamente acababa de convertirse en el comienzo de algo mucho más grande.
Porque después de mi rescate empezarían a salir a la luz detalles que podían destruir no solo nuestro matrimonio…
sino también revelar la verdadera razón por la que alguien había querido enterrarme mientras aún respiraba.
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