Siempre había pensado que conocía bien a mi abuelo.
Sabía cómo tomaba el café, qué canciones escuchaba mientras trabajaba y cuándo su silencio significaba que algo le preocupaba.
Pero aquella tarde, al entregarle a mi hija recién nacida, descubrí que había una parte de su vida de la que jamás me había hablado.
Y bastó con que la niña abriera los ojos para que ese pasado volviera a alcanzarlo.
Bruno me había criado desde los cuatro años, después de que mis padres murieran en un accidente de tráfico.
Él había preparado mis desayunos antes del colegio, sujetado mi bicicleta hasta que aprendí a mantener el equilibrio y esperado despierto cuando, ya adolescente, regresaba más tarde de lo prometido.
Cuando tenía miedo, acudía a él.
Cuando algo bueno me ocurría, era la primera persona a la que quería contárselo.
Por eso, a los veintisiete años, cuando descubrí que estaba embarazada y Luke desapareció de mi vida, fui directamente a su casa.
Recuerdo que nos sentamos en el porche. Yo intentaba hablar, pero las lágrimas me interrumpían a cada momento.
—No sé cómo voy a salir adelante —le confesé.
Bruno me tomó de la mano.
—Esta noche no tienes que resolver toda tu vida, Clover.
—Voy a tener un bebé sola.
Me miró con aquella calma que tantas veces me había sostenido.
—Aquí me tienes a mí.
Luke nunca había conocido a mi abuelo.
Yo había aplazado las presentaciones, convencida de que habría tiempo cuando nuestra relación estuviera más afianzada.
Después le conté que estaba embarazada.
Y todo cambió.
Las conversaciones se volvieron breves. Luego llegaron las excusas. Finalmente, dejó de responder.
No hubo planes para el bebé ni una explicación que me permitiera entender cómo alguien podía marcharse de aquella manera.
Bruno no me obligó a hablar de él.
Se dedicó a acompañarme.
Construyó una cuna en su taller, me llevó a varias revisiones y escuchó mis preocupaciones sin hacerme sentir que estaba exagerando.
Cuando supimos que esperaba una niña, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Otra pequeña que va a tenerme a sus órdenes —bromeó.
Decidí llamarla Brucie, como un pequeño homenaje al hombre que me había dado un hogar cuando perdí el mío.
Sin embargo, su nacimiento fue mucho más difícil de lo que había imaginado.
Hubo complicaciones y mi hija tuvo que permanecer varios días bajo vigilancia médica.
Cada vez que creía que podríamos irnos, nos decían que era mejor esperar un poco más.
Las horas se me hacían interminables.
Bruno llamaba todos los días.
—¿Cómo está nuestra pequeña?
—Sigue luchando.
—Como su madre —respondía él.
Cuando por fin pude sostenerla tranquila contra mi pecho, sin temer que tuvieran que llevársela de nuevo, lloré de alivio.
Entonces empecé a fijarme en los detalles de su rostro.
Tenía el cabello oscuro y un pequeño hoyuelo en la barbilla.
Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos.
Uno era de un azul intenso.
El otro, mucho más oscuro.
Los médicos me explicaron que aquella diferencia podía tener varias causas y que, por sí sola, no permitía establecer ningún parentesco concreto.
Aun así, me recordó inmediatamente a Luke.
Él también tenía los ojos de distintos colores. Había sido una de las primeras cosas que me llamaron la atención cuando nos conocimos.
Pensé que Brucie había heredado aquel rasgo de su padre.
Nada más.
El día que nos dieron el alta, decidí que mi abuelo sería la primera persona en conocerla.
Conduje directamente hasta su casa.
Bruno estaba sentado en el porche. Al reconocer mi coche, se levantó tan deprisa que casi volcó la taza que tenía a su lado.
—¡Por fin habéis llegado!
Subí los escalones con Brucie en brazos.
—¿Preparado para conocer a la pequeña que va a quitarte el sueño?
Él soltó una carcajada y extendió las manos.
—Llevo días esperando. Déjame verla.
Se la entregué con cuidado.
Durante unos instantes, su rostro estuvo lleno de felicidad. Observó sus mejillas, su nariz diminuta y el cabello que asomaba por encima de la manta.
Entonces Brucie abrió los ojos.
Mi abuelo dejó de sonreír.
—¿Abuelo?
No respondió.
Miró primero un ojo y después el otro.
Su rostro palideció.
Cuando noté que le temblaban las manos, me acerqué para ayudarlo a sujetar a la niña.
—Bruno, ¿te encuentras bien?

Levantó la mirada hacia mí.
—Clover…
Su voz sonó tan extraña que sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué ocurre?
Volvió a mirar a Brucie.
—Dime quién es su padre.
La pregunta me desconcertó.
—Luke. Ya lo sabes.
—¿Cómo se apellida?
—Sterling. Luke Sterling.
Bruno cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, estaban llenos de lágrimas.
—No puede ser —murmuró.
Recogí suavemente a mi hija.
—¿Qué no puede ser?
Se sentó despacio, como si de pronto le costara mantenerse en pie.
—¿Por qué nunca me dijiste su nombre completo?
—No pensé que fuera importante. Ni siquiera llegaste a conocerlo.
Se quedó unos segundos con la mano sobre la boca.
Después me preguntó:
—¿Tienes alguna fotografía suya?
Sentí un escalofrío.
Busqué en mi teléfono una imagen que nunca había conseguido borrar.
Luke y yo aparecíamos sentados en una cafetería, sonriendo. Me resultó doloroso recordar lo segura que estaba entonces de nuestra relación.
Le mostré la pantalla.
Bruno apretó los labios en cuanto vio el rostro de Luke.
—¿Lo conoces? —pregunté.
No contestó.
—Abuelo, por favor.
Negó lentamente con la cabeza.
—A este joven, no.
—Entonces, ¿por qué reaccionas así?
—Porque se parece mucho a alguien que conocí.
—¿A quién?
Miró hacia la puerta de la casa y después a Brucie.
—Creí que nunca tendría que volver a hablar de esto.
—¿De qué?
Se levantó y me hizo un gesto para que lo siguiera.
—Vamos dentro.
Yo permanecí junto a la silla.
—Me estás asustando.
Bruno se volvió hacia mí.
—Lo sé. Pero necesito enseñarte algo.
Lo seguí hasta su pequeño despacho.
Abrió un armario y sacó una caja de madera que estaba al fondo de una estantería.
Había pasado allí buena parte de mi infancia, pero jamás había visto aquella caja.
Dentro había cartas dobladas, documentos amarillentos y varias fotografías antiguas.
Mi abuelo buscó entre ellas hasta encontrar una imagen. La contempló unos segundos antes de entregármela.
Aparecían tres adultos jóvenes.
Al principio, ninguno me resultó familiar.
Después me fijé en uno de los hombres.
El cabello oscuro. La forma del rostro. Ciertos rasgos que me hicieron acercar la fotografía para observarla mejor.
No era Luke.
Pero el parecido bastaba para inquietarme.
—¿Quién es este hombre?
Bruno apoyó las manos en el escritorio.
—Antes de sacar conclusiones, tenemos que comprobar algunas cosas.
—¿Qué conclusiones?
—Una fotografía no demuestra nada, Clover. Tampoco el color de los ojos de tu hija.
—Lo entiendo. Pero hay algo que te preocupa. Dímelo.
Miró a Brucie, que se había quedado dormida contra mi hombro.
Después me sostuvo la mirada.
—Temo que Luke se acercara a ti por un motivo que desconocías.
Me quedé sin palabras.
—¿Crees que me buscó a propósito?
—No lo sé —respondió—. Y no voy a afirmarlo sin pruebas.
—Entonces explícame lo que sí sabes.
Bajó la mirada hacia la caja.
—Hay cosas de nuestra familia que debí contarte hace muchos años.
Volví a observar al desconocido de la fotografía.
Hasta aquella tarde, había creído que entre mi abuelo y yo no existían secretos.
Ahora tenía delante una caja que parecía contradecir toda una vida de confianza.
Bruno apartó unas cartas y sacó otro sobre.
Había un nombre escrito en la parte delantera.
Lo giró para que pudiera leerlo.
Y, en cuanto lo hice, olvidé la pregunta que estaba a punto de formular.
En la segunda parte descubrirás qué había ocultado Bruno y por qué aquel nombre lo cambió todo. Escribe «VERDAD» para leer el siguiente capítulo.