Aquella mañana, mientras observaba a Vivien sentada frente a mí durante el desayuno, comprendí lo fácil que era esconder la verdad detrás de una sonrisa.
Removía tranquilamente la miel en su té, como si no hubiera pasado nada.
Sin embargo, la noche anterior había descubierto que estaba presionando a Elena, una mujer que llevaba muchos años trabajando en nuestra casa.
—Lorenzo, ¿hablaste con tu madre? —preguntó Vivien.
—¿Por qué?
—Quiere cenar con nosotros el jueves. Tenemos que hablar de la boda.
De pronto, la palabra boda me pareció extraña.
Tres meses atrás, estaba convencido de que Vivien era la mujer ideal. Era inteligente, atenta y parecía comprender todas mis preocupaciones.
Ahora me preguntaba si de verdad me conocía o si simplemente me había estudiado.
Detrás de ella, Elena guardaba unos manteles. Noté que evitaba cuidadosamente la mirada de Vivien.
Incluso Mia, la hija pequeña de Elena, parecía preocupada últimamente.
Algo no estaba bien.
Y yo estaba decidido a averiguar qué era.
Poco después de las nueve, llegó Rocco, mi colaborador más fiel. Me encontró en la biblioteca con una carpeta.
—Revisé los últimos cuatro meses —me explicó—. Vivien entró varias veces al archivo de la propiedad sin tu autorización.
—¿Qué buscaba?
—Documentos antiguos del personal, contratos y papeles relacionados con el ala este.
El ala este estaba cerrada desde la muerte de mi padre. Antiguamente, allí se encontraba su despacho privado.
Rocco continuó:
—Vivien también hizo varios pagos a un antiguo empleado, Paolo Serra.
Recordaba vagamente a aquel hombre. Había trabajado para mi padre muchos años atrás.
—¿Por qué lo necesitaría?
—Todavía no lo sabemos.
Entonces Rocco sacó una fotografía antigua. En ella aparecía mi padre frente a la villa, junto a mi madre y al joven Arturo, nuestro jardinero.
Elena también aparecía en un extremo de la imagen. Sostenía a un recién nacido envuelto en una manta decorada con una pequeña flor azul bordada.
—¿Cuándo se tomó esta foto?
—Antes de que nacieras.
Me sorprendió. No sabía que Elena trabajaba para nuestra familia desde hacía tanto tiempo.
En el reverso había una frase escrita por mi padre:

Guardar fuera del archivo familiar.
—¿Por qué querría esconderla?
Rocco negó con la cabeza.
Después me mostró una carta que habían encontrado en la misma habitación. Estaba dirigida a mi padre.
Me prometiste que protegerías al niño. Ya no puedo cargar con este secreto sola. Si no cumples tu palabra, se lo contaré a tu esposa.
La carta no estaba firmada. Solo había una inicial:
E.
Una creciente inquietud se apoderó de mí.
—Tengo que hablar con Arturo —dije.
Lo encontré en el invernadero, cuidando las plantas. Cuando le mostré la fotografía, su expresión cambió.
—¿Conoces a ese niño?
El hombre bajó la mirada.
—Conozco parte de su historia.
—Entonces cuéntamela.
Arturo vaciló.
—Tu padre acogió a Elena cuando ella tenía diecinueve años. Estaba embarazada y no tenía un lugar seguro donde vivir.
Me quedé en silencio.
—Le ofreció trabajo y pagó los gastos del parto. Pero poco después del nacimiento, entregaron al bebé a otra familia.
—¿Elena estuvo de acuerdo?
—Al principio pensó que era lo mejor. Luego cambió de opinión.
Arturo suspiró.
—Cuando pidió que le devolvieran a su hijo, tu padre le dijo que ya era demasiado tarde.
—¿Quién se llevó al niño?
—No lo sé.
—¿Mi padre era el padre del bebé?
Arturo me miró con seriedad.
—Nunca vi pruebas de eso.
No quería sacar conclusiones sin conocer la verdad. Pero una pregunta no dejaba de inquietarme:
¿Por qué Vivien buscaba precisamente esos documentos?
Al salir del invernadero, encontré a Elena cerca de la lavandería. Parecía haber comprendido que yo había descubierto algo.
—Elena, ¿podemos hablar?
Asintió lentamente.
—Siento mucho lo que viviste —le dije.
Apretó una toalla entre las manos.
—Tu padre me ayudó cuando estaba sola, Lorenzo. Por eso confiaba en él.
—¿Y el bebé?
Se le humedecieron los ojos.
—Me dijo que mi hijo crecería con una familia que podría darle una vida mejor. Al principio, acepté.
Se interrumpió.
—Después comprendí que quería criar a mi hijo yo misma. Le rogué que me ayudara a traerlo de vuelta a casa.
—¿Y qué te respondió?
—Que ya no era posible.
—¿Seguiste buscándolo?
—Todos los años.
Sus palabras me conmovieron profundamente.
—¿Sabes dónde está ahora?
Negó con la cabeza.
—Ni siquiera llegué a saber el nombre de la familia.
Entonces le pregunté por Vivien.
Elena bajó la voz.
—Hace unos meses me dijo que había encontrado una carta antigua de mi padre. Aseguró que contenía información sobre mi hijo.
—¿Te la enseñó?
—No. Me prometió que me ayudaría a encontrarlo.
—¿A cambio de qué?
Elena dudó.
—Quería que le dijera a tu madre que yo aprobaba su boda contigo y que Vivien era una persona maravillosa.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Y si te negabas?
—Decía que podía perder mi trabajo. Y que Mia y yo tendríamos que irnos de la casa.
Hice lo posible por mantener la calma.
—Elena, no perderás tu trabajo por decir la verdad. Y nadie volverá a usar a Mia para presionarte.
Por primera vez, vi un poco de alivio en su rostro.
—¿Por qué Vivien tiene tantas ganas de casarse contigo? —susurró.
Era exactamente lo que yo llevaba horas preguntándome.
En ese momento, oímos unos pasitos en el pasillo. Mia apareció abrazando su conejo de peluche.
Se acercó y tomó mi mano.
—¿Tío Lorenzo?
Me agaché para quedar a su altura.
—¿Sí, cariño?
—Vivien tiene la flor azul.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué flor azul?
Mia señaló la biblioteca.
—La de la foto vieja de mamá.
Miré a Elena. Se había quedado pálida.
—¿Qué fotografía? —pregunté con suavidad.
Antes de que Mia pudiera responder, se abrió la puerta de la biblioteca.
Vivien apareció en el umbral. Tenía en la mano un sobre amarillento.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Vivien me miró y luego volvió los ojos hacia Elena.
—Lorenzo, puedo explicarlo todo.
No respondí.
Mi mirada estaba fija en el sobre.
En el frente, escrito con una letra casi borrada, aparecía un nombre:
Elena.
Justo debajo, casi oculto por un pliegue del papel, había una segunda línea.
Un nombre que nunca había oído antes:
Matteo Duca.
Mi apellido.
Miré a Vivien. Después a Elena.
Y comprendí que el secreto de mi padre podía estar mucho más relacionado con nuestra familia de lo que había imaginado.
Pero ¿quién era realmente Matteo Duca?
¿Y por qué Vivien había hecho todo lo posible para encontrar esa carta antes que yo?
FIN DE LA PARTE 2
LA PARTE 3 CONTINÚA EN EL PRIMER COMENTARIO. Para descubrir quién es Matteo Duca y qué secreto esconde Vivien, sigue leyendo esta historia.