Daniel apenas había terminado de deshacer las maletas después de pasar el fin de semana de camping cuando notó algo extraño en el espejo del baño.
Una pequeña mancha oscura apareció dentro de su fosa nasal izquierda. Se acercó a la luz, pensando que encontraría un poco de polvo o una hojita recogida en el sendero. Entonces, la forma se movió.
Daniel dio un paso atrás.
Se lavó las manos, volvió al espejo y encendió la linterna del teléfono. El estrecho haz de luz iluminó únicamente el interior de su fosa nasal. La mancha oscura había desaparecido.
Intentó convencerse de que había sido un efecto de la luz. Aun así, la sensación persistía: la inquietante impresión de que había algo allí, justo más allá de donde podía ver.
Durante el campamento, había pasado una tarde nadando en un río de agua dulce y cristalina. Recordaba la corriente fría deslizándose alrededor de sus hombros y las risas del grupo mientras salían del agua y subían a las rocas. Después no había notado nada fuera de lo normal. Pero ahora, solo en el baño de su casa, no podía dejar de pensar en aquella forma que se había movido.
Daniel llamó a una clínica cercana. La recepcionista le recomendó que fuera para que un profesional lo examinara. Poco después, estaba sentado en una sala de consulta, intentando respirar con calma mientras una enfermera le preguntaba por el viaje de camping.
—¿Notó algo mientras nadaba? —preguntó.
—No —respondió Daniel—. No sentí nada hasta esta mañana.
La doctora lo escuchó y le explicó que utilizaría una pequeña cámara para ver mejor. Su tono era sereno y tranquilizador, pero Daniel observaba su rostro con atención mientras ella examinaba la pantalla.
Al principio, no dijo nada. Luego ajustó la cámara y volvió a mirar.
—¿Pasa algo? —preguntó Daniel.
—Veo un pequeño objeto en el conducto nasal —respondió—. Voy a examinarlo más de cerca antes de decidir qué hacer.
La enfermera acercó una bandeja. Daniel sintió que se le tensaban los hombros.
—¿Sabe qué es? —preguntó.
—Todavía no —contestó la doctora—. Intente quedarse lo más quieto que pueda, sin forzarse.
La doctora trabajó despacio y con cuidado. Daniel sintió una presión extraña, seguida de un breve tirón. Se aferró a los brazos de la silla y se concentró en las tranquilas indicaciones de la doctora.
Un momento después, ella colocó una pequeña sanguijuela oscura en un recipiente transparente. Estaba intacta. La doctora volvió a examinar la zona para asegurarse de que no quedara nada.
Daniel miró el recipiente, atónito.
—¿Eso estaba dentro de mi nariz?
—Eso parece —respondió la doctora—. Voy a revisar la zona una vez más y después hablaremos de cómo se siente.
Daniel soltó el aire lentamente. Pensó que lo peor ya había pasado.
Entonces, la doctora volvió a inclinarse hacia el monitor.
Su expresión se tornó seria, pero no alarmada: estaba concentrada.
—Daniel, quédese quieto un momento más.
Él se tensó.
—¿Qué ve?
—Me pareció ver una segunda forma moverse en la pantalla —dijo ella—. Quiero asegurarme de entender bien lo que estoy viendo.
La enfermera se acercó. La habitación quedó en silencio, salvo por los suaves sonidos de los equipos. Daniel fijó la mirada en el techo mientras la doctora recolocaba la cámara.
—Ahí —dijo él—. ¿Es otra?
—Voy a comprobarlo desde otro ángulo —respondió la doctora.
Ajustó la luz y movió ligeramente la cámara. La forma cambió de posición y luego desapareció.
Daniel sintió un nudo en el estómago.
—¿Podría haber otra sanguijuela?
La doctora se detuvo a examinar la imagen.
—No veo ninguna más. Ese movimiento parece ser un reflejo del líquido en la zona. Voy a comprobarlo una vez más para estar segura.
Examinó la pantalla desde varios ángulos y terminó la revisión.
—Era un reflejo —dijo al fin—. Estoy segura de que no hay nada más.
Daniel sintió que la tensión desaparecía de sus hombros. La enfermera le dio un momento para incorporarse y la doctora le explicó qué síntomas debía vigilar y cuándo debía buscar atención médica. También le recomendó que llamara a la clínica si notaba algún cambio.
Afuera, el sol de la tarde parecía más brillante que antes. Daniel llamó a sus amigos del campamento para contarles lo ocurrido. Se sorprendieron, pero la doctora había sido clara: debía seguir las indicaciones de la clínica y consultar con un profesional de la salud si tenía alguna preocupación.
Esa noche, Daniel guardó el equipo de camping. Cuando llegó a las botas que había usado junto al río, se detuvo por un instante y recordó el momento en que vio aquella forma en el espejo.
Luego sacudió la cabeza, dejó las botas junto a la puerta y fue a prepararse un té.
Se dio cuenta de que lo más aterrador no había sido saber exactamente qué había allí. Había sido esperar a que alguien capacitado pudiera examinarlo de cerca.