El secreto de las tres niñas: la verdad que permaneció oculta durante cinco años

El secreto de las tres niñas: la verdad que permaneció oculta durante cinco años

 

—Claire, creo que Ellie es la hija que creías haber perdido.

Las palabras de Nora me dejaron paralizada. Ellie era su hija adoptiva, una niña encantadora de cinco años a la que yo quería como si fuera mía. Pero cinco años atrás, los médicos me habían dicho que mi bebé había muerto al nacer.

Nora puso dos informes sobre la mesa.

—Le hicieron pruebas genéticas. Sé que tendría que habértelo contado antes, pero los resultados dicen que eres su madre biológica.

Miré los documentos, incapaz de asimilar lo que estaba leyendo.

Todavía recordaba aquella noche en el hospital: el primer llanto de mi hija, Daniel sujetándome la mano y una enfermera llevándose a la recién nacida para hacerle unos exámenes. A la mañana siguiente, un médico me comunicó que había fallecido.

Durante cinco años había cargado con ese dolor.

—Hay algo más —dijo Nora en voz baja.

Me enseñó los papeles de adopción de Ellie. La fecha de nacimiento coincidía con la de mi bebé, y también aparecía el mismo hospital. Lo más inquietante era un documento que aseguraba que yo había aceptado darla en adopción.

—Yo nunca firmé nada parecido.

—Por eso tenemos que averiguar qué ocurrió.

Entonces Nora sacó una fotografía antigua. En ella, Daniel estaba frente al hospital junto a una enfermera que sostenía a un recién nacido. En el reverso había una nota que mencionaba un pago.

¿Por qué Daniel jamás me había contado que estuvo allí?

Esa misma tarde fuimos al hospital Saint-Mathieu. La señora Hale, encargada del archivo, examinó la fotografía y se puso seria.

—Esa enfermera trabajó aquí hace años. Algunos expedientes de aquella época fueron revisados por la administración.

Buscó en un registro antiguo. Junto a mi nombre encontró una nota inesperada: mi hija había superado sus primeros problemas respiratorios y su estado se había estabilizado.

—Esto no explica todo lo que pasó después —aclaró—, pero hace falta investigar a fondo.

Las lágrimas me nublaron la vista.

El médico que me había comunicado la supuesta muerte de mi hija se llamaba Samuel Voss. Se había jubilado hacía años, pero conseguimos concertar una cita con él.

Al ver mi nombre, su expresión cambió.

—Doctor, ¿mi hija murió de verdad?

Guardó silencio antes de responder.

—Parte de la información que se comunicó a su familia no coincidía con las primeras observaciones médicas.

—¿Quién la cambió?

Apartó la mirada.

—Varias personas participaron en las decisiones de aquella noche. Su marido también empezó a hacer preguntas.

Sentí que todo daba vueltas.

—¿Daniel sabía la verdad?

—Estaba intentando descubrirla.

Antes de que nos marcháramos, el doctor nos explicó cómo consultar unos documentos antiguos guardados en un depósito de la estación central. Pero al detenerse un automóvil desconocido frente a su casa, se puso nervioso.

—Váyanse ahora. Hablaremos del resto después.

Ya en el coche, recibí una llamada de Daniel.

—Claire, ¿Nora te habló del hospital?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Porque temo que solo hayas descubierto una parte de lo que ocurrió.

No supe qué contestar y colgué.

En la estación, un empleado nos entregó una caja con los documentos que nuestro abogado había autorizado a revisar. Dentro había fotografías, registros de nacimiento e información sobre treinta y dos niñas. Varios papeles mencionaban a una fundación privada: el Instituto Ashcroft, dedicado a investigar la herencia genética.

Entre las imágenes encontré una fotografía de mi madre junto a mi abuela. Al dorso, alguien había escrito una nota sobre el seguimiento de tres generaciones de una misma familia.

—¿Por qué aparece nuestra familia en estos archivos? —preguntó Nora.

Antes de que pudiera responder, se acercó un hombre mayor.

—Claire, tengo que hablarte de Ellie.

Su rostro me resultaba familiar. Se parecía a Raymond, el hermano de mi madre, de quien me habían dicho que murió hacía muchos años.

—¿Tío Raymond?

El hombre asintió.

—Tu marido no hizo desaparecer a Ellie. Estaba tratando de encontrarla.

Di un paso atrás, aturdida.

—Entonces, ¿por qué me ocultó todo esto?

—Temía que revelar la verdad antes de tiempo pusiera en peligro la investigación.

Luego me hizo una pregunta desconcertante:

—¿Ellie te ha hablado alguna vez de una niña idéntica a ella?

Recordé una noche reciente. Ellie se había despertado de una pesadilla y me había descrito una habitación blanca, un ventanal grande y a una niña con su mismo rostro.

—¿Cómo sabe lo del sueño?

El hombre vaciló.

—Los documentos indican que Ellie tenía una hermana gemela. La habrían llevado a una institución vinculada con Ashcroft.

En ese momento sonó mi teléfono. Era Daniel.

—Claire, ¿dónde estás?

—En la estación, con Nora y… Raymond.

Al otro lado hubo un silencio tenso.

—Claire, aléjate de ese hombre. Tu tío Raymond está muerto.

Miré al desconocido.

—Entonces, ¿quién es?

—Se llama Adrian Vale. Trabajó para el Instituto Ashcroft.

El hombre no intentó negarlo.

—Solo quería que conocieras la verdad —dijo.

—¿Haciéndote pasar por alguien de mi familia? —le reproché.

Daniel volvió a hablar:

—Claire, encontré más documentos. Hay algo todavía más importante.

—¿Qué?

Su voz temblaba.

—Los archivos no mencionan solo a dos bebés. Dicen que aquella noche nacieron tres niñas idénticas.

Me apoyé contra la pared.

—¿Tres?

—Ellie era una. La segunda habría sido trasladada a una institución relacionada con Ashcroft. La tercera aparece en otro expediente del hospital.

Miré a Nora, sin poder pronunciar palabra.

De pronto, oímos pasos en la escalera. Una voz infantil nos llamó desde arriba:

—¿Tía Claire?

Me volví. Una niña de cabello rizado bajaba despacio. Tenía los mismos ojos, la misma sonrisa y los mismos hoyuelos que Ellie.

Se detuvo frente a mí.

—¿Mamá? —preguntó con timidez.

Entonces Daniel apareció detrás de ella, llevando de la mano a otra niña.

Era exactamente igual.

En ese instante comprendí que el misterio sobre el nacimiento de mi hija apenas comenzaba.

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