—Porque a veces mamá llora por la noche cuando cree que ya estoy dormida.
Mia lo dijo con la naturalidad de una niña de seis años. Yo habría querido desaparecer.
Me llamo Elena Hart. Soy madre soltera y desde hacía dos años trabajaba en la empresa de Adrian Kane, un ejecutivo respetado y muy reservado.
Aquella mañana surgió un imprevisto y tuve que llevar a mi hija a la oficina. Nunca pensé que conocería a mi jefe y que, delante de varios empleados, le preguntaría si quería ser su papá.
Adrian miró a Mia y luego se dirigió a los compañeros reunidos en el pasillo.
—Creo que todos tienen tareas pendientes.
Cuando nos quedamos a solas, nos invitó a pasar a su despacho.
—No tienen por qué preocuparse —me dijo al notar mi inquietud.
Mia entró primero. El despacho era enorme, con ventanales que daban a la ciudad, muebles elegantes y muy pocos objetos personales.
—Aquí falta algo —declaró.
Adrian arqueó las cejas.
—¿Ah, sí?
—Una flor. Tal vez una rosa. Así el lugar no parecería tan triste.
Por primera vez, vi a mi jefe sonreír con auténtica ternura.
Me senté, todavía avergonzada.
—Perdón por lo que ha dicho. Mia aún no entiende que hay preguntas que son personales.
—Quizá ella entiende los sentimientos mejor que nosotros —respondió él.
Sus palabras me llegaron al corazón.
Durante tres años había intentado convencer a todos de que mi vida estaba en orden. Mi exmarido, Daniel, se había marchado lejos después de decirme que se había enamorado de otra mujer.
Nuestra relación no terminó de golpe. Se fue apagando poco a poco, entre ausencias frecuentes, conversaciones interrumpidas y promesas incumplidas. Mia tenía solo tres años cuando él se fue.
Daniel seguía llamándola y enviándole regalos, casi siempre los domingos. Pero criar a nuestra hija, afrontar los problemas cotidianos y ocultar mi tristeza se habían convertido en responsabilidades exclusivamente mías.
—Mamá siempre dice que todo está bien —intervino Mia.
—¿Y tú qué piensas? —le preguntó Adrian.
—Que lo dice para que yo no me preocupe.
Bajé la mirada.
Adrian no insistió. En cambio, le preguntó a Mia si tenía hambre. Unos minutos después, su asistente Clara nos trajo el almuerzo.
—No tenía que hacerlo —le dije.

—Es cierto —admitió—. Pero podemos tomarnos unos minutos y comer tranquilos.
Mia empezó a comer con entusiasmo, mientras yo recuperaba poco a poco la calma.
Entonces hizo otra pregunta.
—Adrian, ¿tienes hijos?
—No.
—¿Vives con alguien?
—Vivo solo.
Mia se quedó pensativa.
—Quizá a ti también te gustaría tener a alguien con quien cenar.
Él pareció sorprendido. Su expresión cambió ligeramente, como si aquellas palabras hubieran despertado algún recuerdo. De pronto comprendí que detrás de aquel hombre poderoso quizá había una soledad que nadie imaginaba.
—Mamá quiere que las personas que ama se queden con ella —añadió Mia.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Cariño, ¿por qué dices eso?
—Porque la otra noche mirabas fotos de papá y estabas triste.
Me quedé inmóvil.
Unos días antes había encontrado una caja vieja con fotografías de nuestra boda, recuerdos de nuestra vida juntos y una carta de Daniel que nunca me había entregado personalmente. La había leído varias veces, intentando descubrir qué podría haber sido distinto.
No sabía que Mia me había visto.
—¿Extrañas a papá? —preguntó.
Le acaricié el pelo con suavidad.
—A veces extraño más la familia que imaginaba que tendríamos.
—Pero papá me quiere, ¿verdad?
—Claro que sí, cariño.
—Entonces, ¿por qué no vuelve a vivir con nosotras?
Llevaba mucho tiempo buscando una respuesta para esa pregunta.
—A veces los adultos toman decisiones complicadas. Pero tú no tienes la culpa y no te corresponde arreglar sus problemas.
Mia asintió despacio. Adrian respetó nuestro silencio.
Cuando mi hija volvió a comer, él se inclinó un poco hacia mí.
—Elena, no tienes que contarme nada de tu vida privada. Pero, si necesitas un horario más flexible, podemos buscar una solución.
Lo miré, sorprendida.
—¿Por qué haría eso?
—Porque eres una persona, Elena, no solamente una empleada.
Ya no estaba acostumbrada a recibir atención sin tener que pedirla.
Por un instante pensé que aquella mañana tan difícil terminaría en calma.
Entonces Adrian mencionó a Daniel.
—Mia me contó que las conversaciones con su padre últimamente son más cortas.
Suspiré. Era verdad. Desde hacía varias semanas, Daniel parecía distraído y a veces terminaba las llamadas antes de lo habitual. Yo había pensado que volvía a alejarse de nosotras.
—Quizá está pasando por un momento difícil —sugirió Adrian.
—O quizá simplemente ha elegido otra vida.
—No puedes saberlo si no hablas con él.
Iba a responder cuando mi teléfono vibró dentro del bolso. En la pantalla apareció un número desconocido.
Tras una breve vacilación, contesté.
—¿Diga?
—Buenos días. ¿Hablo con Elena Hart?
—Sí, soy yo.
—Me llamo Thomas Vale. Soy abogado y la llamo por Daniel.
Me puse de pie de inmediato.
—¿Qué ha pasado?
—Daniel me pidió que preparara algunas disposiciones sobre la protección y el futuro de su hija.
Miré a Mia, que le estaba enseñando su elefante de peluche a Adrian.
—No lo entiendo. ¿Por qué ahora?
El hombre dudó.
—Creo que sería mejor que Daniel se lo explicara personalmente.
—¿Dónde está?
—Está ingresado en un hospital. Lo admitieron hace dos días.
Me apoyé en el respaldo de la silla.
—¿Es grave?
—No puedo darle detalles médicos, pero él quiere hablar con usted. Solo teme cuál será su reacción.
—¿Por qué no me avisó?
Hubo un breve silencio.
—Porque hay algo que nunca le contó.
El corazón empezó a latirme con fuerza.
Adrian notó mi inquietud y llevó discretamente a Mia junto a la ventana.
—¿Qué es lo que nunca me contó? —pregunté.
La respuesta del abogado hizo tambalear todo lo que creía saber.
—Elena, Daniel asegura que el verdadero motivo de su separación no es el que usted siempre imaginó.
—¿Qué significa eso?
—Me pidió que le transmitiera algo con toda claridad: no la dejó porque se hubiera enamorado de otra mujer.
Me quedé sin palabras.
Durante tres años había intentado aceptar una historia que, de repente, quizá no era cierta.
—Entonces, ¿por qué nos abandonó?
Antes de que el abogado pudiera responder, la llamada se cortó.
Me quedé de pie, con el teléfono en la mano, mientras Mia reía suavemente junto a la ventana.
¿Me había mentido Daniel durante todos aquellos años?
Y, sobre todo, ¿qué verdad había intentado ocultarme?
FIN DE LA PARTE 2 — LA HISTORIA CONTINÚA EN LA PARTE 3. Vuelve a los comentarios y pulsa el enlace de la Parte 3 para descubrir qué sucede después.